Redacción: Mayré Gómez

Fue el 10 de mayo de 1990, cuando el papa Juan Pablo II visitó la ciudad de Chihuahua.

Parecía increíble que alguien tan importante en el mundo entero, eligiera al estado más grande de México para dar la bendición directa a los fieles que acudieran.

Desde enero empezó la logística del evento. No podía escaparse ningún detalle para que la visita fuera perfecta. Aterrizaría el avión en aeropuerto Roberto Fierro que traería a la máxima autoridad católica. En el mismo vuelo llegaría el “papamóvil” y todo listo. ¿Y la seguridad? – pregunto el comandante López- recuerden que ya sufrió un atentado. Ahí fue cuando se dieron cuenta que la organización les estaba quedando corta y con unos cuantos vigilantes no bastaría.

¿En qué lugar puede ser la reunión? – ¡En un gimnasio! – comentó uno de los organizadores. – No, mejor en un estadio de beisbol – sugirió otro, o – tal vez en un salón grande y se abren las puertas para que por un lado entre la gente y por el otro salga para que todos puedan verlo – Alguien con más coherencia sacudió la cabeza y con un grito imponente dijo – ¿No se han dado cuenta de lo importante que será la visita y los miles de personas que acudirán para verlo? ¡Piensen más allá!

Fue entonces cuando entendieron la magnitud de lo que vendría y los siguientes días, ahora si hicieron planes apegados a la realidad. Comenzó el movimiento de maquinaria pesada para limpiar un enorme terreno al sur de la ciudad. Para el 09 de mayo todo lucia impresionante. La locura total en la ciudad. Todo era sobre la visita del Papa. A alguien se le ocurrió decir que en el Aeropuerto atendería personalmente a los que estuvieran ahí, así que mucha gente intento llegar, pero se les impidió el acceso.

Por fin llego el día. 10 de mayo de 1990. Los boletos estaban agotados. Desde muy temprano comenzó a llegar la gente para ocupar el área que decía el boleto.

Los rayos del sol calentaban el ambiente, tal vez cercano a los 40 grados centígrados. Aun así, los creyentes esperaban y contaban los minutos mirando al cielo para ver cuando pasara el avión que traía al Santo Pontífice, y decirle adiós. ¡Admirable y bendita inocencia!

A mediodía, se escuchó un alboroto tremendo. El Papa llegaba a bordo de una unidad acondicionada. No se veía, pero las bocinas informaban de su presencia. Los gritos y llanto de emoción se escuchó en todo el lugar.

Se celebró la misa y poco tiempo después, a bordo del papamóvil, dio una vuelta rápida en la unidad desde la que enviaba bendiciones. – Paso cerquita de donde yo estaba y ¡me toco la bendición directa! – decían los asistentes. La emoción y el sentimiento se sentían a flor de piel.

Termino la celebración y la gente comenzó a retirarse y aunque los boletitos ya no servían, los guardaron por valor sentimental.

 

Poco tiempo después se tomó la decisión de colocar una figura representativa de la visita del jerarca católico a Chihuahua. Y aunque parece burla, muchos dijeron que es como si el Papa estuviera jugando futbol, pero no, al parecer la intención fue mostrar a Juan Pablo II alrededor del mundo. Aunque es un lugar muy transitado, tal vez poco saben esa historia, ya la olvidaron, o no les interesa. Cuestión de fe.

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