GALERÍA: Piden posada y rezan por migrantes en Las Granjas

«Entren santos peregrinos, pe-re-gri-nos, reciban está mansión, aunque es pobre la mo-ra-da, la mo-ra-da, se las doy de corazón, cantaban los vecinos de Las Granjas enfrente y adentro de un domicilio de la calle Lerdo de Tejada, donde terminó la peregrinación de unas cuadras que había comenzado en otra casa.

Antes, los «peregrinos», un grupo de señoras de la congregación católica del templo Asunción de María, en otro domicilio de la calle Ponciano Arriaga habían rezado el rosario con la fe y devoción que las caracteriza, para comenzar como Dios manda la sagrada tradición de las verdaderas posadas previas al nacimiento del Jesús en Belén.

Los misterios del sagrado rosario fueron recitados casi de memoria por las señoras, quienes se hacen llamar «Las Quinceañeras», como una forma de reírse de sus dolencias, de las repentinas pero comunes subidas y bajadas de la presión arterial o de azúcar y de los achaques en las piernas y las rodillas, que vienen gratis con los años.

Antes de partir a su recorrido que relizan en la víspera de Navidad, ellas rezaron como lo han aprendido con los años de devoción, acompañadas de sus hijos o nietos pequeños, para quienes son un ejemplo a seguir no sólo por la realización de actos religiosos, sino porque predican, hacen caridad y ayudan a mantener a una comunidad unida en sus valores.

Al final del rosario, partieron a paso lento para pedir posada en una primera casa, a donde un par de las caminantes se adelantaron para representar a los moradores que despacharon por donde vinieron, y de muy mala gana, a los peregrinos, encabezados por los santos José y María, cuyas imágenes en pequeñas figuras de yeso iban cargadas por los más jovencitos del grupo de caminantes.

El rechazo en la primera parada llevó a los peregrinos a seguir su camino, a una segunda casa por la calle Fresno, a dónde también dos presurosas damas del grupo también se habían adelantado para representar a los siguientes moradores; ellos fueron menos groseros y, aunque no les dieron posada, dirigieron a los peregrinos a otra lugar de la misma ciudad enclavada en las montañas de Judea, donde quizás -les dijeron con los cánticos tradicionales de las posadas- habría más espacio para quedarse la noche en que habría de nacer el Salvador de la humanidad.

Fue así que los peregrinos avanzaron otra cuadra a duras penas. Iban en plena calle esquivando carros, cuyos tripulantes bajaban la velocidad al ver el grupo; algunos hasta se frenaban y se descubrían la cabeza, persignándose respetuosamente mientras seguían con los ojos el avance del pequeño contingente.

A «las quinceañeras» hasta les faltaba el aire para ir cantando las alabanzas a Jesús, María, José, a los ángeles y a Dios mismo, que está presente donde cualquier grupo como éste se reúne en su nombre. Pese al cansancio, la emoción y el fervor eran los mismos que cuando comenzó la caminata cuadras atrás.

En la casa que fue el punto final, los peregrinos encontraron el alivio esperado.

«¿Eres tu José? ¿Tu esposa es María? ¡Entren, pe-re-gri-nos, noooo loooos conocíííía!», fue el canto previo a la apertura de la puerta de la casa donde sí les darían la esperada posada.

En el interior de la vivienda, el grupo había crecido un poco en relación al que había comenzado con el rezo del rosario, pues ahí estaban los moradores que representaron a quienes por fin habían mostrado su bondad, dándole a los necesitados un lugar en el que una noche habría de nacer, de la forma más humilde posible, en un pesebre instalado en un establo, el Rey de Reyes.

Las señoras organizadoras de las posadas y sus invitados, terminaron la celebración con la lectura que recuerda cómo Jesús, cómo Dios, están en esos indigentes que llegan a las casas en busca de un pan o una moneda; en esos niños que todos los días enfrentan grandes riesgos por ganar su alimento; en los enfermos que requieren algo más que medicinas para mejorar; en los viejitos que, cansados por los años y los sufrimientos, tienen un poco de alivio y alegría cuando son visitados y atendidos con cariño por sus familiares.

Por ello, dedicaron sus rezos a esos enfermos, a los migrantes que han llegado en oleadas a Chihuahua en busca alcanzar el llamado sueño americano o al menos tener el sustento para sus familias.

También dedicaron sus rezos a los niños, a quienes pretendieron motivar con el ejemplo para que sigan con la tradición de las verdaderas posadas, que van más allá de las fiestas con baile, ríos de alcohol y otros excesos, con los que la gente celebra las navidades.

En este caso, tras algunas alabanzas y villancicos, los peregrinos de la actualidad celebraron con tamales y champurrado, piñata y dulces para los niños, en lo que es la preparación para la fiesta más esperada por la iglesia: el nacimiento de Jesús.

 

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