Redacción: Mayré Gómez
Era la mañana de un domingo 03 de junio de 1990. Hacia calor y en la oficina del director estaban varias personas. De pronto, las risas fueron interrumpidas por gritos y varios disparos. Se tiraron al suelo, mientras veían como algunos presos armados se abrían paso intentando llegar a la calle.
Pronto los sometieron y no pudieron hacer nada. Tres custodios fueron asesinados. Eran muchos reos contra unos cuantos elementos policiacos. Desde enfrente del parque se pudo ver como se abrían las enormes puertas de la Penitenciaria y salían corriendo hacia todos lados hombres con el uniforme gris. Las ráfagas de las metralletas Uzi y fusiles M2 se seguían escuchando a la redonda. Las pocas personas a quienes en esos momentos les toco “estar donde no debían” estaban atemorizadas. ¿No sabían que pasaba? pero el terror los invadía.
A los pocos minutos ya estaba llena la zona de camionetas y elementos de la que en ese entonces se conocía como “policía judicial del estado”. Poco a poco se fueron concentrando más elementos de otras corporaciones. Pero ya 32 personas habían escapado de la prisión. Sólo uno de ellos conocido como “Noe la Hiena de Arareco”, ya estando en la banqueta de enfrente, decidió que no quería irse, y se regresó a la celda.
Otros escaparon corriendo para todos lados. Unas cuadras después, se encontraban unos jovencitos vendiendo fruta y poca era la venta que tenían, cuando vieron llegar a un hombre asustado, corriendo y con una herida en la frente. Les dijo que lo acababan de asaltar. Los muchachitos conmovidos, le dieron unas cuantas monedas para ayudarlo a que llegara a casa. Mas tarde, avergonzados se dieron cuenta qué sin querer, ayudaron a un prófugo a escapar.
Los siguientes días fueron de operativos por parte de las autoridades para la recaptura de los reos, y de terror en la ciudadanía al saber que los delincuentes andaban sueltos y en cualquier momento podrían hacer fechorías, como las que cometieron “El Parga” y “El Lobito”. Poco a poco fueron reaprendidos los presos, menos uno de apellido Marrufo. Jamás se volvió a saber de él.
El Parga y el Lobito, se fueron juntos y cometieron muchos actos que hasta la fecha causan dolor a familias. El Parga portaba un fusil que robo a uno de los guardias. Lo recorto y lo traía dentro de la manga derecha de la camisa atado con una cuerda al hombro. Lo dejaba caer y le quedaba justo en su mano, y disparaba. Lobito sólo obedecía órdenes, para no hacer enojar a Parga y sufrir consecuencias.
Duraron varios días amedrentando a la sociedad. La madre de Parga vivía en la colonia las granjas en la ciudad de Chihuahua. Una mañana fue a la plaza que esta frente a la iglesia de la colonia y se sentó en una de las bancas por el área de columpios a leer el periódico para estar informado de que decían las noticias sobre él. Vestía una camisa de cuadros rojos, azules y blancos, pantalón de mezclilla y 114 tatuajes con la imagen de la muerte en varias partes del cuerpo.
Se encontraba de frente al sol. Por eso no vio la silueta de un hombre que se acercó. Era el comandante “Chago Mayorga” de la PJE. Eran conocidos de tiempo atrás. Le dijo algunas palabras y luego PUMMMM le disparo a quemarropa. Parga no tuvo tiempo ni de meter las manos.
La madre del joven gritaba y aseguraba que su hijo no era malo y que quien lo había hecho así era el mismo comandante de la policía que lo mato, porque desde chico lo enseño a robar para que le llevara dinero. El sacerdote intento acercase a darle la bendición al cuerpo, pero el comandante no lo dejó.
Esa confusión y gritos la aprovecho el Lobito que estaba muy cerca y nadie se dio cuenta. Se metió debajo de un auto y se agarró tan fuerte que cuando el carro arranco, él se fue pegado a la parte de abajo y nadie se enteró. Cuadras más adelante se soltó porque no aguanto las heridas del viaje. Tiempo después se entregó y murió muchos años después tras las rejas.

