De odiar la cajeta a vivir de ella: Marco, creador de Cajeta del Desierto

Para Marco el sabor de la cajeta era ‘totalmente desagradable’, una golosina que desde chico no podía ni probar, pero lo que nunca se imaginó es que ese dulce se convertiría en unos años en su mayor negocio: Cajeta del Desierto, la cual busca consolidar como un referente mexicano, un sueño que hoy comparte con su esposa Diana.

“Yo no podía pasar la cajeta, desde chiquito la probaba y se me quedaba aquí”, narra en entrevista Marco Chapa, mientras pone sus manos en su garganta. “Se me hacía como una bomba de azúcar que me metía a la boca”, termina diciendo mientras su cara hace un gesto de desagrado.

Sin embargo, años después cuando estudiaba en la Facultad de Zootecnia tuvo que cursar el Taller de Lácteos en el cual la maestra Juliana, encargada de impartir la materia, les enseñó a hacer queso, yogurt y nieve, pero hubo en especial un producto que llamó la atención del hoy productor, que fue la cajeta.

Detalla que para aprobar el curso debían presentar un producto innovador y que pudieran ‘mejorar’ con lo que habían aprendido en clase.

Marco iba a empezar con un queso, según recuerda, pero esa idea de la cajeta que antes no podía ni probar, ahora no salía de su mente. “Cuando la hice, en ese taller, me dí cuenta de que era diferente y dije ‘ay caray, pues creo que sí me gusta”.

Por ese motivo decidió empezar a trabajar con ella, pero había un problema ¿cómo convertirla en un producto innovador? En ese momento, vino a su mente aquel sabor a azúcar que no le permitía disfrutar de un buen pan con dulce de leche, entonces decidió reducir en un 60 por ciento la cantidad de endulzante.

Cada día, después de clases, Marco se quedaba en la escuela, iba por la leche y buscaba crear el postre ideal, con el sabor y la consistencia que tenía en su mente. “Estuve tres meses, e intentaba, intentaba e intentaba”, dice mientras enumera con sus dedos las veces que como dice ‘echó a perder el producto’.

Mientras mezclaba los ingredientes en el fuego, Chapa pensaba en qué nombre podría ponerle a ese dulce que como la leche, daba vueltas en su cabeza.

Cajeta Mexicana, Cajeta Azteca, Cajeta Tarahumara, fueron algunas de las ideas que tuvo, pero ninguna le hacía sentir que reflejara realmente a la cultura de Chihuahua, hasta que recordó la ruta que recorre gran parte del estado, “la ruta del desierto y dije, esa tiene que ser, es la Cajeta del Desierto”.

Para ese momento, ya había gastado litros y litros de leche y varias bolsas de azúcar, pero sus ganas de crear un dulce diferente seguían intactas. “La cajeta se me quemaba, me quedaba líquida. Llegó un punto en que la hice paleta de tanto que la quemé”, pero esto le sirvió para conocer más formas en las que la podía ofrecer. “Dije, ¡ah, también la puedo hacer paletas!”, recuerda entre risas.

Por fin, luego de tres meses de hasta ocho horas diarias de estar ‘calentando la leche”, el dulce quedó, igual que como en un principio lo había imaginado.

El final del semestre llegó y su producto estaba terminado. “Me aventé un logo, todo malhecho que guardo con mucho cariño y dije ‘estoy listo”. Para noviembre del 2017 su soñada cajeta tuvo su primera aparición, la cual fue un éxito.

Tanto le gustó a las personas que el último litro que le quedó de todos los que hizo fue, sin saberlo, el primero que vendería al público. “Se acercó Alejandro, y me dijo ‘te compró tu litro, para que veas que puede ser un negocio”.

De un proyecto escolar a la realidad

Al ver la aceptación que tuvo la cajeta, Marco decidió seguir el consejo de Alejandro y buscó convertirlo en un negocio. Tan sólo un mes después ya había colocado los primeros cimientos de lo que sería su empresa. “Para diciembre yo ya había hecho una página en Facebook, malhecha también, pero ya la tenía”, recuerda.

Las ventas eran en un principio con su familia, luego con amigos y después de personas que por medio de redes sociales lo contactaban.

Mientras que su negocio empezaba a ‘cuajar’, Marco había conseguido ayudantías en Zootecnia, de donde lo enviaron a Delicias a realizar una estancia en el Establo Agrícola Ganadera Los Luján para que hicieran prácticas de tacto a las vacas lecheras. Esto aumentó más sus ganas de conocer el sector de lácteos y al mismo tiempo su interés en la cajeta.

Ahí nació lo que llama “mi sueño guajiro, que es llegar a tener todo el ciclo; es decir, la producción de leche, la creación de la cajeta y la venta… ¿Y por qué no? Llegar a exportar a otros países”.

Pero “la realidad” llegó a su vida. Le ofrecieron un empleo en un establo, uno que lo hizo sentir realizado, pues Marcó todavía no salía de la carrera y según dice ya iba a tener lo que había esperado.

Aceptó la entrevista y le dieron el empleo con Marco Álvarez. Duró un año ocho meses laborando con él, “pero algo en mí me decía ‘no wey, acuérdate de ese noviembre, cuando vendiste un chingo de cajeta, cuando estabas cumpliendo tu sueño”.

Renunció a Casa Blanca y regresó a impulsar Cajeta del Desierto, la cual compartía con un socio y ya tenía una estructura, con procesos de elaboración y metas de venta.

Lograron colocar en el mercado los conitos de cajeta, que vendían en abarrotes, carnicerías, barbacoas y otros puestos de comida. “Entendí que sí podía, Cajeta del Desierto crecía y crecía”, dice con orgullo Marco. “Entonces dije, voy a apostarle para que esto siga para arriba”

Pandemia, un miedo que ganó

“En esto estaba, la cajeta crecía y crecía, pero llega la pandemia y ¡madres!, estuvo bien feo”, dice Marco mientras mueve la cabeza a los lados, “¿Por qué?, porque hubo un punto en que el miedo nos ganó”.

Como ‘mini mini empresario’ recuerda, no supo cómo manejar el problema y al no estar asociado a ninguna cámara como Canaco o Coparmex, ni tener un respaldo, Cajeta del Desierto tuvo que esperar.

En ese punto, Chapa pensó en los amigos ‘minis’ que había hecho en unos cursos que había dado, Eliot y Héctor, quienes le ayudaban a vender en los Colegios de Bachilleres, en las tiendas del norte, pero la presión era mucha, ya que no había más mercado.

“Me cerraron los puntos de venta, los abarrotes, los burritos, las barbacoas, me cerraron todo y no, no supe, no pude”, y Cajeta del Desierto se detuvo.

Sólo, dice Marco, hacía ocasionalmente para aquellos ‘fans’, amigos y familiares que como en un principio, le seguían comprando.

¿Un trabajo estable o perseguir un sueño?

En medio de tanta pesadez, de ver un proyecto quedarse detenido, Marco recibió una oferta laboral, ‘el sueño de cualquier zootecnista veterinario’, trabajar con Elanco, una empresa farmacéutica líder en México dirigida a la salud y cuidado de los animales. “Otra vez renuncié a mi sueño de la cajeta”, detalla el productor.

El miedo, dice, y lo alumbrado que estaba por trabajar con “un monstruo de la veterinaria”, lo convencieron de aplicar y aceptar el trabajo que, aunque en un principio creyó que era en Aguascalientes, lo llevaron hasta Torreón.

“Ahí conocí a Carlos Parada, el mejor jefe que he tenido en mi vida”, dice Marco y explica que ahí conoció la estructura administrativa y todo el esquema organizacional de una empresa, lo que le hizo recordar a Cajeta del Desierto. “Yo dije, esto es lo que necesita la cajeta, porque mi producto nunca se me salió de la cabeza”.

Marco apenas había conocido a su hoy esposa, y a la distancia comenzaron a forjar su relación, mientras en Torreón sentía que estaba viviendo el ‘sueño de su vida’.

Su crecimiento personal y profesional iba en ascenso, lo enviaban a otras ciudades, como Monclova, Parral, Juárez, y también conoció programas de venta como Sales Force o habilidades gerenciales, era una ‘super empresa’.

“Pero me di cuenta de que yo no era feliz. Yo no quería estar en esa súper mega empresa, yo quería crear a Cajeta del Desierto como mi súper empresa”.

Habló con Diana, y justo el día de su cumpleaños, mientras estaban en un curso en Guadalajara, Chapa decidió renunciar y volver a su verdadero sueño.

“Yo veía todo los edificios, los trabajos, y decía es que ellos también empezaron como yo. Desde abajo, cuando hay días que no traes ni un peso”. Y ahora, luego de trabajar con Elanco, Marco se sentía listo de convertir su producto en una gran empresa. Volvió a Torreón y con un el llanto de un duelo por renunciar a Elanco, habló con Carlos Parada y dejó el trabajo.

Cajeta del Desierto volvió al mercado, y con la ayuda de Diana, Chapa reorganizó la empresa. Crearon un nuevo logo, renovaron la imagen, impulsaron las estrategias de marketing, “cosas que como emprendedor no sabes”.

Ahora, los puntos de venta de la cajeta, como la ruta del desierto, cruza toda la ciudad. Dulcería Parral, Sabores del Campo, Restaurante Arizona Villahumada, Vida y Vigor, La Chispa, son sólo algunos de los negocios que le han dado espacio para aumentar el comercio. “Hasta Estados Unidos hemos estado mandando cajas, son cosas que dices: aquí es, aquí era”. Tanto ha sido el éxito que ahora tienen varios productos hasta para las personas con diabetes.

Julia, la inspiración de seguir con el sueño

La Cajeta ya tiene más de 6 años, con sus altas y sus bajas y aunque no es fácil, Marco y Diana buscarán convertirla de un sueño a una realidad.

Para él todo vale la pena, por lo que recomienda a quienes busquen emprender que se arriesguen, aunque sea complicado, aunque ‘se las vean negras’ ¿por qué?, “porque quiero estar aquí, quiero estar con ella, no quiero ser un padre ausente, ¿sabes?”, dice Marco mientras sus ojos se llenan de lágrimas, levanta la mirada y ve a su esposa frente a él cargando a su pequeña Julia de apenas dos meses.

Sus ojos encuentran a los de Diana, quien con esa complicidad con la que le ayuda en su negocio, ahora le da confort. Sus lagrimas también comienzan a salir.

Tras respirar profundo y contener el sentimiento Marco continúa, “que Julia haga lo que haga, yo esté presente. Es importante para mi emprender y hacer crecer la Cajeta del Desierto, para poder despertar con ellas, porque gracias a Dios el negocio me está dando la oportunidad de realmente vivir mi sueño al estar con mi familia”.

Por: Anaís Martínez

 

 

 

 

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